Décima novena fecha. La academia le ganó a
Godoy Cruz uno a cero con gol de Adrián Centurión y se coronó campeón del
fútbol argentino por décima séptima vez.
Bajo el liderazgo de Diego Milito, la
conducción de Diego Cocca, merced a los huevos de Ezequiel Videla, las atajadas
de Sebastián Saja, la seguridad que brindó la defensa, el aporte goleador de
Gustavo Bou y el empuje de la hinchada más fiel, Racing volvió a escribir su nombre
en las páginas de la gloria.
Trece años esperaron los hinchas, hasta que
en un torneo Centurión se disfrazó de Loeschbor, Cocca emuló a mostaza, los
huevos de Bastía los puso Videla, el chino atajó las que antes sacaba
Campagnuolo y la hinchada volvió a delirar, como en Liniers, pero esta vez en
casa, en el cilindro, en el estadio más lindo del país.
Los hinchas empezaron a llegar al coliseo a
las tres de la tarde. A las cinco, ya casi no había más lugar. Y había que esperar
hasta las ocho y media para que empezara el partido. Las avalanchas se sucedían
en la puerta 8 y en la 12. Hacia el comienzo del juego la cancha estaba llena
hasta reventar. Sesenta mil almas latiendo, llenas de ilusión, de alegría, de
ansiedad y de nerviosismo, esperando la victoria, esa que fue esquiva a estos
colores durante un muy largo tiempo.
El juego empezó favorable para la academia.
Racing estaba bien plantado, seguro, confiado. Los de Cocca se afincaron en campo
rival, dominaron la pelota, las acciones de juego y convirtieron en figura al
arquero de Godoy Cruz. Lo tuvo Bou dos veces, y Moyano le impidió convertir.
También estuvieron cerca sendos disparos de Milito y Centurión, pero la pelota
no quería entrar.
El primer tiempo dejó una sensación de
seguridad en el cilindro y el empate parcial de River daba la tranquilidad
necesaria para buscar la victoria con paciencia.
Ni bien comenzado el segundo tiempo, y luego
de un muy buen centro de Gastón Diaz, Centurión marcó de cabeza el gol más
festejado de la última década. El tanto otorgaba la victoria y el título. Promediando
la segunda etapa, el referí le anuló un gol a Gabriel Hauche, que había
ingresado por Gustavo Bou, por una posición adelantada inexistente.
Los últimos minutos encontraron a Racing
refugiado, aguantando la victoria en campo propio. Aun así, el rival nunca
generó peligro en el arco defendido por el Chino Saja.
Aproximadamente a las 22.30 el árbitro marcó
el final y con él, decreó que la academia vuelve a estar en lo más alto de todo.
Cómo cuando ganó siete títulos seguidos entre 1913 y 1919. Cómo en 1921 y 1925.
Cómo cuando se coronó tricampeón por los títulos logrados en 1949, 1950 y 1951.
Cómo en 1958. Cómo en 1961. Cómo cuando el Racing de José ganó todo en 1966 y
1967. Cómo el Racing de mostaza en 2001. Cómo las 16 veces anteriores, Racing
vuelve a ser el campeón del fútbol argentino.
La fiesta del campeón empezó en el cilindro.
Ni bien terminado el partido, empezó la vuelta de los jugadores, el desahogo,
la locura y el llanto.
Luego las luces se apagaron y empezaron a
sonar los redondos y Soda Stereo, para que todos los gustos musicales queden
conformes. Fuegos artificiales, miles de bengalas iluminaban la noche de
Avellanada y 60 mil gargantas explotaban gritando: ¡Dale campeón! ¡Dale campeón!
De Avellaneda al Obelisco. Decenas de miles
de personas, en auto algunos, y muchos otros caminando. Gorro, bandera y
Vincha. Avellaneda, el Puente Pueyrredón y la Avenida 9 de Julio eran una masa
celeste y blanca que no paraba de agitar y gritar. Euforia, fiesta y alegría.
La frutilla del postre fue la llegada por
la Avenida Corrientes, del micro descapotable que traía a los jugadores
saltando en la parte superior, cantando y festejando como hinchas. Eran las
tres de la mañana y la multitud de gente se fundió con el plantel, formando un
enjambre de almas alocadas disfrutando su momento. Así, todos juntos dieron la
vuelta al obelisco con la copa en lo más alto.
El mundo Racing está de fiesta. Todos. Los
más grandes, los más chicos, los que vieron al primer tricampeón del
profesionalismo, los que disfrutaron al equipo de José, los que se bautizaron
con la Supercopa del 88, los que dieron su primera vuelta en el turbulento
2001, los nenes que hoy gritan campeón por primera vez. Es un regalo para
todos, pero en especial para los que pusieron el pecho en los nefastos 70, los
que tuvieron que soportar el oprobio en diciembre del 83, los que marcharon a
todos lados a finales de los 90 para defender al club y rescatarlo del abismo
al que lo querían llevar, los que salvaron del remate a la sede de Villa del
Parque poniendo el cuerpo, los que volvieron de Santa Fé con la certeza de la
promoción en el 2008, los que estuvieron cerca en la final de San Juan en el
2012, los que pagan la cuota todos los meses y bancan en las difíciles. Los que
a veces dejan a un lado su propia vida por acompañar en momentos de quiebras,
promociones y deshaucios. Para ellos, esta
alegría es inconmensurable.
La copa ya está en las vitrinas, ahora se
viene el descanso. El año que viene va a ser de alta competencia, se viene el
torneo más importante del continente, ese del cual la academia no participa desde
hace 12 años. Pero esta vez es diferente a aquella. Ahora la academia está en
democracia plena. El plantel está al día y los contratos vigentes. Las
inferiores están brindando jugadores al plantel de primera, todos los años. La
reserva salió subcampeona. La economía está en orden. El equipo siente
pertenencia, los jugadores se quieren quedar, y los que se fueron quieren
volver. Qué lindo sería poder repatriar a Licha López y a Maxi Moralez. Se respira
entusiasmo, hay elementos para ilusionarse. Ahora, a por la Libertadores.
Hasta el año que viene, a brindar por Racing
Campeón, abrazo Racinguista!
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